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«El legado del Torpedero Habana»

Artículo publicado originalmente en www.adiantegalicia.es

Nuestro colaborador Vicente Jesús Bernal Tortosa acaba de publicar un nuevo libro de tema naval «El Legado del Torpedero Habana», que recoge la historia de una de las pérdidas de la Armada Española en la Costa da Morte en el siglo XIX. Un suceso conocido en Corcubión por el mausoleo dedicado en el muelle a sus náufragos.

Bernal Tortosa quiere recuperar esta memoria y se lo dedica «a todos aquellos, hombres, mujeres y niños, cuyos cuerpos y almas se fundieron con el mar, perdiendo sus vidas lejos del calor del hogar y el cariño de sus familiares, siendo acogidos bajo el bondadoso manto de la Virgen del Carmen en su eterno descanso».

Con el tesón y rigor que caracterizan al autor, unido a la aportación de fotos y documentos, en el libro además de los Agradecimientos e Introducción dedica capítulos a: El torpedero, Las Islas Carolinas, Descripción del torpedero, Características técnicas, El día de la catástrofe, Fallecidos y accidentados, Situación de las familias, Suscripción para ayuda a las familias, El reparto de la suscripción, Condiciones de mar, Cherburgo-España, Pruebas de mar del «Habana» en Londres, Posibles causas del accidente.

España decidió dotarse de torpederos en apoyo a la defensa de sus colonias y de las costas nacionales. En este caso el Habana nació de la demanda de defensa de las islas Carolinas con el apoyo de nuestros emigrantes cubanos.

La Armada Española, explica el autor, decidió la adquisición del primer torpedero en 1877, el Cástor, que sería contratado con la sociedad «Forges et Chantiers de la Mediterranée». A este se le unieron dos lanchas portatorpedos con el nombre de Pólux (1879) y Aire (1883).

La España de la Restauración sufre el conflicto de la disputa por las Islas Carolinas, un pequeño archipiélago de la Micronesia al oeste del Pacífico, pretendido por la Alemania de Bismarck. Para apoyar esta causa, el día 6 de junio de 1886 vemos en la Sección de Marina en el Correo Gallego el inicio de la suscripción patriótica impulsada por el Casino Español en La Habana, para la construcción del Torpedero que llevaría su nombre: el buque costará según el contrato,11.000 libras esterlinas

El proyecto se hizo realidad, sufragado su coste por el Casino Español de La Habana, y se decidió por Real Orden de 15 de julio de 1886, que su fuese el de torpedero «Habana»; de 60 toneladas de desplazamiento, construido en los talleres de la casa John I. Thornycroft & Co, Limited, Engineers and Shipbuilders, Chiswick, Basingstoke and Southampton, en Londres (Inglaterra). Sus dimensiones eran 38,86 metros de eslora, 3,81 de manga, calado de popa 1,80 metros, en proa 1 metro y en el centro 1,4 metros. Su casco estaba compuesto por 160 cuadernas de barras de ángulo distantes entre sí 45 centímetros y 127 planchas firmes a ellas, cosidas longitudinalmente mediante superposiciones con remaches también de acero de 8 milímetros de grueso, siendo los de las cuadernas y planchas de aparadura de 4 milímetros y de 3 milímetros el resto. Toda la estructura del buque era galvanizada. El importe de lo recaudado para la construcción ascendió a 80.225 pesos en oro. El comandante el día de la catástrofe (5 abril de 1888) era el Teniente de Navío D. Juan J. Ozamiz.

El barco tuvo corta vida. Siguiendo al buque «Destructor» al mando del Comandante Fernando Villaamil, una escuadra conformada además por los torpederos Azor, Ariete, Rayo y Habana zarparon con la amanecida del puerto del Arsenal de Ferrol a las siete y media de la mañana del 5-4-1888 rumbo a Vigo. En la travesía de Cabo Prioriño a las Islas Sisargas, marchaba el barco en perfectas condiciones respecto a su gobierno y aguante de la gruesa marejada que se iba levantando. Entre Touriñán y Finisterre sucedió lo imprevisto en el Habana.

«De repente se produjo una explosión en la caldera del torpedero, una repentina e instantánea salida de gran cantidad de vapor de agua, mezclada con humo por el ventilador y bocas de bajada a los compartimentos de máquina y caldera» indica Bernal. Y sigue: «Esto mezclado con los gritos de socorro y dolor desgarrado que provenían de los citados compartimentos, confirmó la explosión de la caldera. Inmediatamente el comandante y resto de la dotación no afectada por la explosión se dirigieron al lugar donde se había producido ésta». De allí partían los gritos desgarrados, de la bajada a la máquina, encontrándose allí el comandante y el segundo del barco subió por ella el segundo maquinista muy quemado y casi asfixiado, no habiendo podido distinguir nada de lo que ocurría en la máquina, por impedírselo el vapor y el humo que por completo la inundaban. «Al mismo tiempo por las otras escotillas subieron el cuarto maquinista y dos fogoneros a los cuales se les veía a simple vista las caras y manos completamente desolladas y carbonizadas» describe el autor. El barco con muchas precauciones se puso al resguardo de Finisterre y de allí al fondeadero de Corcubión donde llegaron la mañana del día 6 de abril, «tras vivir una infernal odisea que jamás olvidarían en sus vidas».

En las actas de defunción en el juzgado de Corcubión leemos que el accidente del Torpedero Habana arrojó como resultado cuatro muertos y un herido grave. Fallecieron el 2º maquinista D. José Manso, el 4º maquinista D. Bernardo Montero García y los fogoneros Antonio Aneiros Fernández y Pedro Martínez Vidal. En estado grave se encontraba el fogonero herido Ángel Fernández Rivas.  

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