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El Plan del Capitán Nilsen

Desde Durban a Cabo Vilán en el Homeward Bound 1887- Parte II

Contamos en la primera parte como tres noruegos habían aportado a Camariñas en un pequeño bote desde el Océano Indico en 1887. ¿Cómo empezó todo?

Zephanias Olsen había llegado desde Noruega con otros colonos nórdicos a Sudáfrica. Se instala a 6 km de Port Shepstone, cerca de un poblacho llamado Marburg, compartiendo finca con más personas. Al año de trabajo las cosas no marchan y decide abandonar la vida de granjero. Se interna solo en el continente africano hasta un pueblo remoto llamado Witzieshoek. Allí conoce a los otros protagonistas de esta historia. Uno, el capitán noruego Ingvald Nilsen, nacido en la ártica Bodo, quien tuvo que abandonar el mar cuando el barco donde servía fue declarado innavegable estando atracado en Cape Town.

Se alistó en la caballería, combatiendo en la Guerra de Bassuto en 1881, región sudafricana bajo dominio británico. Luego trabaja como constructor de casas en el Estado Libre de Orange -república independiente de los bóers- y vive en Witzieshoek, donde funda un colmado y herrería. Allí llega su hermano Bernhard. Zephanias Olsen será contratado para la forja. Pero las ansias de fortuna de estos emigrantes no dan ni para comer y deciden volver a la patria. Entonces el capitán Nilsen plantea un plan, construir su propia nave y navegar hasta los mares del norte. Sus recursos económicos son escasos, así que deciden trabajar para un granjero que les puede aportar los materiales, un tal señor Avery. Le construirán una casa a cambio de madera. Van al bosque a talar árboles, modelan la quilla usando un tronco de dos pies tablonado con pino americano. Son objeto de la curiosidad y el escarnio de los locales, pero siguen con su afán, alimentados con el viento del recuerdo de sus fiordos. Un trabajo lento y fatigoso que llega a la conclusión en febrero de 1886.

Un cúter de seis metros de eslora por dos de manga y casi uno y medio de puntal dotado de un solo palo en lo alto donde ondeará una bandera noruega. Su interior dispone de dos habitáculos confeccionados con tela alquitranada en los que apenas se puede estar sentado y se accede por una especie de gatera. Los ocupantes han de compartir cámara con el equipaje y las provisiones. En medio, una cabina a la intemperie de metro cincuenta de largo por uno de ancho pensada para el marino de guardia al mando del timón. Bien sujeto al pie del palo, una pequeña estufa de parafina para resguardarse del frío y cocinar. La llamarán Homeward Bound (Regreso a Casa).

Singladuras del Homeward Bound

Solucionado el medio hay que remediar otro problema abismal, del calado de una fosa abisal. Se encuentran a 400 kilómetros de la costa y a 1.700 metros de altitud. ¿Cómo llevar la nave a la ardiente costa por senderos impracticables? Logran hacerse con una carreta de 18 bueyes y emprenden el largo y penoso remolque. Atraviesan por un paso los montes Drakensberg, los más altos del sur de Africa, llegan a Harrismith desde donde descienden camino de la costa mientras las tribus de las aldeas acuden a su encuentro ondeando banderas y pegando brincos para contemplar tan extraño artefacto.

Los granjeros les agasajan con manzanas y melocotones, pero los viajeros aprovechan la ilusión de los circundantes, el sentirse una motivo de admiración y algarabía, para cobrar por ver el bote un chelín por cabeza. El lunes 19 de abril de 1886 entran en la ciudad de Durban y bajan el Homeward Bound en el agua salada. En ese tiempo una activa ciudad portuaria, cosmopolita tras el descubrimiento en 1884 de la mayor veta de oro mundial en Witwatersrand.

Los tres noruegos en su periplo van acumulado el suficiente dinero para abastecerse de provisiones (carne en conserva, panecillos, tocino y mantequilla para seis semanas); toneles de agua dulce de veinte galones que además de calmar la sed les van a servir de lastre una vez vacíos, llenándolos de agua salada. Aparejan el bote con una vela mayor de forma cuadrada, una gavia, dos foques y la mesana. El objetivo, las Islas Británicas, casi 14.000 kilómetros de derrota marina en un lanchón. El primer gran obstáculo es pasar el cabo de Buena Esperanza. El domingo 2 de mayo de 1886, zarpan de la bahía de Durban.

Además de la prensa de la época, que los sigue en su derrota y amplifica la gesta en Europa y la Commonwealth, contamos con un libro escrito por el capitán Nilsen, con su diario de abordo. Un tomo de 521 páginas titulado Grow Lovely, Growing Old escrito en 1951 por el periodista sudafricano llamado Lawrence Green (1900-1970) dedica uno de sus capítulos a evocar la hazaña del Homeward Bound. En un pie de página, el autor hace referencia a una conversación que mantuvo con una tal señora Macmahon, hija del señor Avery que les aportó la madera para el barco. Entre otras cosas esta mujer le dijo a Green que lo más asombroso de todo era que el capitán Nilsen tenía un solo ojo y su hermano Bernhard estaba casi ciego. Al parecer, según las gacetas, Zephanias también era tuerto. Un ciego y dos tuertos sobre una gamela.

Diez días después se encuentran en Algoa Bay y anclan frente a Bird Island, cuyo farero obsequia a los navegantes con huevos de pingüino, calabazas, repollo y pescado. Siguen su curso y se enfrentan a un temporal del oeste, de los cantados por Conrad: «El bote se comportó como una gaviota, bajando el bauprés pero sin permitir que el agua entrase por la proa», escribe en su diario el capitán. Por esto conocemos los avatares de la navegación. Avanzan en su derrota y empeora el clima y la marejada. Las olas rompen contra el barco e inundan la cabina del empapado piloto. A la altura del río Storms, entre Algoa y Plettenberg Bay, un bote salvavidas acude a su encuentro. El capitán Nilsen declina el auxilio, pero acepta patatas, cebollas y un poco de pescado seco. Después el cúter alcanza Mossel Bay en donde es recibido por una multitud.

La noticia de su hazaña ya corre por toda la costa. El cabo de las Tormentas está cerca. Empiezan a tener problemas de suministro. La comida enlatada se ha vuelto mohosa por la humedad y empiezan a racionar. Con una galleta y una taza de café pasan alguna jornada. Las olas golpean contra el costado, desplazando la carga a sotavento con riesgo de volcar.

Y llega el invierno «Los bancos de nubes eran tan negros y espesos que bien podríamos estar tumbados entre altas y empinadas montañas negras» anota el capitán. Una y otra vez, la nave trata de doblar el cabo de Buena Esperanza para alcanzar Table Bay, puerta de entrada a Cape Town; pero el viento y las corrientes la rechazan durante dos semanas. Achican el agua que entra por la borda. Las mantas se pierden por la humedad, están siempre empapados, sin comer ni dormir, la manos y piernas se les paralizan. Pierden sus dos anclas.

Que Dios guarde al Homeward Bound

Cuando se ven cerca de cruzar el cabo de Días y Gama, reculan y vuelven a empezar. Hasta que, el 5 de julio, al sexto intento, sortean el cabo y entran en Cape Town, la Capetón de nuestros marinos de hoy, tantas veces doblada por mi tío. Ya les habían dado por muertos, después de tantos días sin noticias. Ahora son carne de diario. Los periódicos saludan a los recién llegados y un vate cronista les dedica sus versos:

«Welcome, tiny craft to Table Bay,/ We have looked for you for many a day,/ Now yo have come we all say round,/ May God watch over the Homeward Bound» (Bienvenida, diminuta nave, a Table Bay,/ Te hemos buscado muchos días,/ Ahora que has venido, todos decimos alrededor,/ Que Dios guarde el Homeward Bound).

Será un apoteósico recibimiento en la Ciudad del Cabo, cuando apenas han iniciado su aventura marina. Cientos de pescadores transportan el bote hasta el mercado y lo cubren con una tienda de campaña. Allí el capitán Nilsen relata su historia a cambio de un chelín por cabeza. Por la noche, la colonia nórdica en Cape Town los honran con una cena. «Nos fuimos a dormir soñando con negras y fuertes ráfagas», escribe Nilsen. Les dan víveres para dos o tres meses: carne en conserva, sopa, salmón, cangrejo de río, bacon, guisantes verdes. Compran cerveza, licores, jugo de lima y vino de quinina. Reparan las velas, compran anclas y mil quinientas libras de lastre de plomo.

A la partida el Homeward Bound es remolcado hasta la bahía acompañado por una flota de pequeñas embarcaciones. Por delante, los trópicos, el Ecuador, 12.000 millas. El capitán Ingvald Nilsen, guía aquel bote con la misma disciplina de un gran barco. La carlinga de la nave es limpiada cada mañana después del desayuno de las ocho a base de pan, mantequilla y café, reemplazado por zumo de lima cuando el viento impide encender la estufa.

Al mediodía, Zephanias Olsen se encarga del almuerzo: sopa de pescado, carne guisada con verduras y galletas marineras. A las seis, el té; a veces el anzuelo arría pescado o el arpón caza un delfín. Los domingos, cambia el menú: rabo de toro, liebre o sopa de riñones. Antes, si el tiempo lo permite, hay servicio religioso a partir de las once, cuando el capitán da lectura a su biblia y entona algún himno tomado del volumen de Ira David Sankey y Dwight Lyman Moody.

No falta la «gimnasia sueca», ejercicio físico diario recomendado por un doctor de Durban: andadas de 300 pasos por la estrecha cabina para dar vida a las extremidades. Estas cuatro tablas flotantes dispone de una biblioteca en donde se sirven de el Paraíso Perdido de John Milton, dos poemarios del obispo sueco Esaias Tegnér, el Epitome of Practical Navegationde John William Norie y novelas de Frederick Marryatt y Walter Scott.

Tras recorrer 3.000 millas llegan a la pequeña y famosa isla de Santa Elena. En la capital, Jamestown, festejan su arribada con vítores y banderas noruegas adornando los barcos del puerto. De aquí a la solitaria isla de Ascensión, situada 1.300 kilómetros al noroeste, a medio camino entre África y América. A continuación, una singladura de más de 5.000 kilómetros hasta las islas Azores.

Pasar el Ecuador no es moco de pavo escandinavo escaldado por la llegada de Noel. Calor, falta de viento, eternas millas en soledad y fatiga, se acaba la comida. Es la etapa más larga de todo el viaje, afrontada con una brújula anticuada, un octante, algunas cartas náuticas y dos relojes a los que les ha afectado el agua de mar. Pierden las correderas, tienen que calcular a ojo la velocidad. Pero arriban a São Miguel y desde entonces empieza su eco en los diarios europeos.

«Solo los ingleses son capaces de estas excentricidades»

La primera en España pudo ser en un diario de Jerez de la Frontera, El Guadalete, el 30 de enero de 1887. Allí se hace referencia a la proeza y a la posible nacionalidad británica de los heroicos locos: «Sólo los ingleses son capaces de estas excentricidades»; y la insólita condición física: «La tripulan tres hombres, de los cuales uno es ciego y los otros sólo cuentan con dos ojos para los tres». Al zarpar de las Azores el tiempo y el oleaje empeoran, orcas y tiburones los rodean. «Muchas veces la carne caliente es barrida de nuestros platos», escribió el capitán. Las noticias alcanzan ya la prensa londinense, a través de un vapor que encuentra al bote en alta mar.

Lo leemos el 9 de febrero en el diario South Wales Echo «El paquebote SS Garth Castle -mole de 111 metros de eslora y 3.704 toneladas de arqueo de registro bruto- atraca esa misma mañana en Plymouth y comunica que dos días antes, el lunes 7, se había tropezado con el pequeño cúter en las siguientes coordenadas: latitud 42:54 Norte y longitud 9:42 Oeste. Los tripulantes del bote estaban en buen estado e incluso desearon reportar su situación: se hallaban a 201 jornadas de Cape Town y a 500 millas de Plymouth, navegando en dirección sudeste».

El jueves día 10, tras 1.500 kilómetros de travesía desde São Miguel y siete meses y ocho días desde la partida de la bahía de Durban, los nórdicos entran en Corrubedo. Se tenía por la única escala del barco en la Europa continental, pero nosotros vamos a contar que no. También tocó Camariñas.


En el blog Cabo Corrubedo, en el artículo «Rumbo al palacio de cristal» se da cuenta de esta aventura. El interés del medio local es la cita a la presencia del bote en el famoso cabo, y van buscando información en la red tras la aparición escueta en la prensa gallega. Es nuestra primera referencia, que nos llevó a cotejar el original diario de Nilsen.

El 28 de marzo el barco atracó en el puerto de Dover, tras diez meses y veintiséis días. Leemos en la edición del 2 de abril de The Aberdare Times: «El Homeward Bound parece cualquier cosa menos una embarcación capaz de realizar semejante viaje -de hecho, a juzgar por su apariencia, muy pocas personas salvo las de carácter más aventurero confiarán en sí mismas en una embarcación de su tamaño con una brisa ordinaria…Toda la parte superior de la nave está desgastada por la acción constante del mar. El fondo del bote está cubierto de grandes percebes, y crece hierba de una longitud considerable en el casco hasta la línea de flotación».

El cúter permanece unos días en Dover y en la tarde del lunes 4 de abril es trasladado a Londres. Será expuesto en el Crystal Palace. Portaba una saca de cartas que le habían sido entregadas al capitán Nilsen en Port Natal confiando en que pudieran ser llevadas a sus destinatarios en la capital del Imperio. Lindvard y Bernhard Nilsen regresaron como pasajeros de un barco a Noruega y nada más sabemos de su biografía. El capitán Nilsen escribirá un libro «Leaves from the log of the Homeward Bound or Eleven months at sea in an open boat» (Páginas de la bitácora del ‘Homeward Bound’ u Once meses en el mar en un barco abierto). Publicado por Chapman & Hall. Zephanias quedó en Londres en donde se enamoró. Murió en 1930 y, hasta el final de sus días, mantuvo el Homeward Bound atracado en el Támesis.

Anotamos finalmente algunos capítulos del diario dedicados a nuestra costa.

DIARIO DE BITACORA DE I. NILSEN

Jueves, 10 de febrero, desde el mediodía hasta la tarde del mismo día.

Temporal del nordeste, con cielo despejado y alta mar. A las dos de la tarde, cuando las luces de Cabo Corobeda apuntan este cuarta al nordeste, mantuve [la embarcación] derecha, cerca de la punta, dentro de las islas, donde el mar rompe fuertemente a ambos lados de nosotros. A las tres de la tarde un pailebote apareció y quería hacerse cargo del Homeward Bound. Pensó que pertenecíamos a la tripulación de un barco naufragado y que, por lo tanto, ganaría mucho dinero, pero el Homeward Bound no era tan fácil de pillar. Según la costumbre española, gritaban como locos, alborotando, sacudiendo y tironeando, y todos hablaban al mismo tiempo hasta que tuve la impresión de que nos habíamos topado con un montón de lunáticos. Cuando pensé que había llegado el momento adecuado, solté el ancla y aparejé las velas rápidamente, sin prestar atención a los españoles, y ellos, avergonzados y decepcionados, sólo pudieron quedarse quietos y mirar. El pueblo, Corobeda, aparentemente está habitado sólo por pescadores. Las casas están construidas sin la más mínima consideración de apariencia, y son pequeñas y miserables. Evidentemente, habían sido encaladas, pero hacía mucho tiempo, y ahora se veían tan sucias y vergonzosas como es posible.

Viernes, 11 de febrero.

Viento y tiempo como ayer. A las once en punto aparecieron muchos botes pequeños que contenían ancianos, mujeres y niños procedentes de la localidad, para ver qué clase de gente éramos.

Sábado, 12 de febrero.

Brisa ligera de este-sur-este, con cielo nublado. Pasé el día reparando nuestras vestimentas. A las cuatro de la tarde, un piloto apareció y quiso cambiar el bote a otro fondeadero, ya que el sitio donde estábamos, según su criterio, no era muy bueno. Tras una larga conversación, que fue llevada por señas, le dejé cambiar de bote, por lo que pidió medio dólar. Después de que estuvo anclado, fuimos a la orilla con él y fuimos tratados de la manera más hospitalaria.

Domingo, 13 de febrero.

Fuerte brisa del este, con cielo nublado. A las tres de la tarde, fui llevado a tierra por el piloto. En la playa nos esperaban muchas personas (en su mayoría mujeres y niños), quienes nos siguieron hasta el faro, al que nos asomamos por primera vez. El farero, un anciano muy amable, nos mostró todo en derredor, e incluso encendió la linterna para dejarnos ver el invento. Después de una hora y media de estadía nos abrimos paso, acompañados por la multitud, de regreso al pueblo, donde nos refrescamos con pescado, pan y una copa de conja, antes de volver a bordo.

Lunes, 14 de febrero.

Calma todo el día, con lluvia. Por la tarde fuimos visitados por muchos españoles, entre ellos dos sacerdotes, que nos llevaron a tierra y nos obsequiaron con vino, conja y comida. Los habitantes, aunque tan miserablemente pobres, eran muy amables y amigables, y se esforzaron por hacernos sentir cómodos.

Por la tarde escribí una carta al cónsul escandinavo en Vigo (que el piloto se comprometió a entregar), pidiéndole que me ayudara con las provisiones, ya que estábamos muy necesitados.

Sábado, 19 de febrero.

Brisa ligera del nordeste, con cielo nublado. Tuvimos muchos visitantes otra vez. Los pescadores nos regalaron algunas sardinas frescas, que disfrutamos inmensamente. Una goleta llegó esa noche y ancló cerca del Homeward Bound. Me congratulé porque ahora había alguien con quien podía hablar y cuyas respuestas podía entender, pero quedé desilusionado. Todo lo que pude sacar de los recién llegados fue el invariable «no comprend»

Domingo, 20 de febrero.

Viento ligero y variable todo el día. Hicimos una larga excursión por la tarde alrededor de las montañas. El piloto trajo una respuesta del cónsul en Vigo, quien me escribió una carta muy amable y me dijo que había un cónsul inglés en Coril que, sin duda, me ayudaría, pero ofreciéndome su asistencia si quisiera venir a Vigo.

Lunes, 21 de febrero.

Tranquilo, con cielo nublado. El camino a Coril, que ahora empecé en compañía de mi hermano Bernhard y el piloto, era muy pesado e irregular, y estaba completamente deshecho. Tuvimos que atravesar planicies arenosas, donde nos hundimos a cada paso hasta los tobillos, y altas colinas, donde tuvimos que saltar de una roca a otra como gamuzas. Sobre las diez llegamos, después de cuatro horas de caminata, a un pueblo, Santa Ocania, a medio camino entre Corobeda y Coril. Desde Santa Ocania tuvimos que coger un barco, por lo que pidieron dos dólares. En el estado de entonces de mis finanzas, esto provocó una gran brecha en mi bolsa. A las dos de la tarde llegamos a Coril con la firme esperanza de obtener lo que necesitábamos, pero al ver al cónsul se disiparon las esperanzas, ya que no podía hacer nada en absoluto. Por lo tanto, tuve que dejar que el resto regresara al barco mientras yo seguí camino para ver al cónsul en Vigo.

Martes, 22 de febrero.

Una miserable mañana fría y húmeda. Comencé mi viaje a Vigo. La primera parte del trayecto fui en diligencia, y luego en tren. El viaje fue muy desagradable, ya que no entendía el idioma español; y un caballero me hizo suponer que tenía que bajar del tren en una estación que, después de que el tren se hubiera ido, descubrí que estaba a diez millas de Vigo. Por lo tanto, tuve una larga caminata antes de alcanzar mi destino a las diez de la noche.

Miércoles, 23 de febrero.

Tiempo más o menos igual. Me levanté muy temprano, pero descubrí que tenía que esperar hasta las diez antes de que se abriera la oficina del cónsul, y después de eso tuve que esperar hasta las doce antes de poder ver al propio caballero. Si quedé decepcionado en Coril, la decepción fue doble en Vigo, ya que nunca imaginé que un hombre pudiera desdecirse tan completamente de su palabra, y eso que tenía su propia carta conmigo. Me remitió a su hermano, el cónsul inglés, pero él también rechazó ayudarme, por lo que todo lo que pude hacer fue dar las gracias a ambos por su generoso trato y sacudir el polvo de mis pies. No obstante, me las arreglé lo bastante para marchar de vuelta junto a un caballero llamado Mr. Mulder, pero como era demasiado tarde para partir esa noche, tuve que pernoctar en Vigo.

Jueves, 24 de febrero.

Tormenta del sur con lluvia. Me levanté temprano otra vez, pero tuve que esperar hasta las doce para un tren, y como solo tenían vía férrea hasta Ponto Vedro (una ciudad a medio camino entre Vigo y Coril), tuve que dormir en el antedicho lugar.

Viernes, 25 de febrero.

Otra mañana fría y miserable. La diligencia partió a las siete de la mañana y llegó a Coril a la hora de la cena. Allí tuve que esperar nuevamente al barco de vapor, que zarpó a las cinco de la tarde, y crucé el río hasta llegar a un pueblo llamado Poblo, a unas cinco o seis horas a pie desde donde se encontraba el Homeward Bound.

Sábado, 26 de febrero.

Comencé mi marcha temprano, antes de que saliera el sol. Aunque hacía buen tiempo, y había tenido un muy buen descanso nocturno, no tenía el mejor de los temperamentos. No sin dificultad, llegué a la hora de la cena, cansado y hambriento, al anclaje del Homeward Bound, donde lo encontré todo tal y como lo dejé al partir, excepto que en mi ausencia habían tenido un temporal muy fuerte. Para pagar las pequeñas deudas en las que había incurrido en mis viajes por tierra (cinco dólares, equivalente a poco más de 20 chelines de dinero inglés), tuve que separarme de un rifle Martini-Henri que costaba 14 libras y 14 chelines, un revólver que costaba 4 libras, un telescopio por el cual se pagaron 3 libras y 15 chelines y varios artículos de ropa. Los samaritanos no son numerosos en España, pero he padecido este trato principalmente a las puertas de los cónsules noruego e inglés en Vigo, que negaron deliberadamente ayuda de cualquier clase.

Fuentes: Blog Cabo Corrubedo «Rumbo al palacio de cristal» 10-2-2018; «El cuaderno de bitácora del H.B.», febrero 2019. «Heroica travesía del H.B.», La Voz de Galicia 2-6-2019, por Juan Campos. Grow Lovely, Growing Old (Lawrence Green), The Norwegian Settlers: Marburg Natal 1882 (Andrew Halland, Anna Halland y Ingeborg Kjonstad), «The 1882 Norwegian Emigration to Natal» (Frederecik Hale), «The Homeward Bound» (In Clarens And Surrounds/ En Omgewing, octubre de 2011), «Really pining for the fjords» (Actonbooks), «History» (The Norwegian Settlers Association of Marburg)]

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