viernes, diciembre 9, 2022
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El fabuloso viaje jacobeo de la Gemma Querina. De Venecia a Muros y al Polo Norte

La mayor parte de los peregrinos históricos se acercaron a Galicia por vía marina, aunque sea este un campo aún recientemente objeto de estudio. Las rutas de los barcos mercantes del norte o del Mediterráneo sirvieron para traer a buena parte de esos «romeiros» jacobeos. A Coruña era el gran puerto de entrada de los peregrinos del norte pero otras escalas aparecen en las crónicas (Muxía, Muros, Finisterre, Noia, Ferrol, Viveiro). Hoy vamos a contar una extraordinaria aventura que lleva a un rico mercader veneciano a ser el primero de su nación en alcanzar el Ártico. Pero en su viaje se detuvo en Muros para ganar el jubileo.

Pietro Querini (1400-1448) pertenecía a una de las familias patriarcales de Venecia, era parte del Maggior Consiglio, el órgano que dirigía la Repubblica de la Serenissima, pero prefirió la navegación y la exploración en lugar de la política. La familia Querini administraba un enorme territorio al norte de Venecia (entre las propiedades contaban con el Casino del Bosco, casa de campo y de descanso veraniego para los patricios venecianos, pero también casa de juego y otros placeres).

Su pueblo de origen era Cecchini y su nombre probablemente se lo debe a la zecca, la casa donde se acuñaban las monedas venecianas: (i zecchini; o casino, burdel). Giacomo Casanova pernoctó en el Casino del Bosco de camino a Austria, en donde en 1780 escribió una parte del relato «El duelo». Los Querini poseían también en la isla de Creta una de las mejores y más cotizadas viñas de malvasía, donde se producía uno de los vinos más apreciados por los ricos banqueros y comerciantes de Flandes, como luego por los zares.

La isla era una escala clave en la ruta de Venecia a Tierra Santa, y ya desde el siglo IX con el asentamiento de navegantes exiliados de Córdoba destacaba por la presencia de corsarios musulmanes que atacaban el poderío naval bizantino hasta su captura por los venecianos. Giacomo Zabarella en su estudio sobre la «nobilitá heroica» veneciana (1669) o Giovanni Battista Ramusio (Delle navigationi et viaggi, 1550-59) nos aportaron datos sobre esta aventura y la saga familiar. Vemos a los Querini emparentados con grandes familias como los Capello. Victor Capello (imperator maritimus maximus), muerto en 1480 a los 60 años, estuvo casado con la hija de Marco Querini. Y un hijo de éstos se casaría con un Pietro Querini. En 1646 hay otro Pietro Querini de esta saga casado con una Capello, Loredana. Es capitán general del mar, luchó en Milán y fue capturado en Francia siendo embajador, hasta su retorno como un héroe a Venecia. Los Querini eran señores de Candia, en Creta.

La familia construyó en la isla de Creta la nave Querina, en la que messer Pietro salió a navegar rumbo a Brujas el 25 de abril de 1431, con 68 tripulantes de distintas nacionalidades. Iba armada, ya que Venecia estaba en guerra con la República de Génova. El Gemma Querina era un velero de 700 toneladas de gran capacidad preparado para travesías oceánicas. La cargaron con ochocientos barriles de vino malvasía, especias, cera, piedra alumbre y otros bienes suntuosos.

Mientras atravesaban el Mediterráneo hacia España, debido a una maniobra inadecuada, se rompió el timón, lo que obligó al armador a entrar en Cádiz. Después de tres semanas y obligados a ir mar adentro fuera del cabo San Vicente debido a que la flota genovesa a menudo frecuentaba aquellas aguas, la nave perdió la ruta debido al mal tiempo y sufrió una parada forzosa en las Islas Canarias, un paraje salvaje aún no colonizado por los castellanos. Prosiguió al norte, pero en Lisboa tuvo que esperar la llegada de vientos favorables y, finalmente, y todavía con el timón dañado, partieron el 14 de septiembre, para llegar a Muros. Aprovechando la parada obligatoria para las necesarias reparaciones, Pietro se fue a visitar la tumba apostólica a Santiago de Compostela.

En el dossier del viaje, guardado en la Biblioteca Vaticana, el veneciano cuenta su experiencia. El relato de los oficiales Nicolò de Michiele y Cristoforo Fioravante complementa el informe del capitán. «Gracias a las visitas a tierra y al viaje que hicimos ayer a la encantadora iglesia del señor Santiago, en Galicia, pudimos olvidar la lenta y triste travesía de nuestra nave», escribieron los dos marinos.

Querini, culto, refinado y muy religioso, se unió a ese peregrinaje con trece oficiales. Hicieron el camino a caballo y entraron en la ciudad del apóstol seguramente por la Porta da Trinidade o del Santo Peregrino. En Santiago, los marinos se reconciliaron con Dios y su patrón les rogó al apóstol y a la virgen una buena singladura. Se cruzaron con otros compatriotas, compraron regalos y de regreso a Muros comieron en una posada. En ella tuvieron un pequeño altercado con unos falsos monjes que intentan engañarlos ofreciéndoles unas conchas de vieiras sin bendecir. Una muestra de cómo en algunos pueblos costeros vinculados con la peregrinación marítima (Muxía, Finisterre, Padrón) había un comercio de objetos jacobeos y clientes, además de no pocos pícaros.

Parte de nuevo la carraca de Galicia, pasan el cabo Finisterre y siguen doscientas millas en calma. Tan pronto como superan el Golfo de Vizcaya fueron golpeados por una tormenta el 5 de noviembre en el Canal, que desvió la nave de curso y, debido a los fuertes vientos, perdieron velas y palos. El temporal arrojó la nave contras las islas Sorlingas y hacia el occidente de Irlanda. El timón se perdió por completo y el barco quedó en manos de las ondas y el viento, sin gobierno.

El 17 de diciembre se vieron obligados a abandonar el barco. La tripulación fue dividida en dos botes salvavidas, un schifo (esquifo) y una scialuppa (chalupa). Al bote pequeño subieron 27 hombres. El bote más grande lo ocuparon 46 tripulantes y el capitán. La embarcación pequeña desapareció pronto en medio del mar. La sed y el frío iban poco a poco matando a los marinos.

El 4 de enero avistaron tierra y en la noche siguiente un «suavísimo viento griego» los empujó hasta la roca deshabitada de Sandoy, a la que llamaron Salvación. Estaban en el norte de Noruega, en las Lofoten. Sobrevivieron 16 hombres exhaustos. Al día siguiente no pudieron salir en busca de ayuda. Cuando despertaron, el mar había destrozado la embarcación contra las rocas, lo que les llevó a una mayor desesperación. Bebían nieve, comían lapas y se calentaban quemando los restos del bote. El humo de la madera húmeda les hinchaba los ojos y la cara, les acosaban los piojos. Pasaron once días horribles hasta que encontraron una cabaña y un «gran pescado» en la orilla del mar con el que se alimentaron.

Un pescador que vivía con sus hijos en una isla próxima dio con ellos un mes después. Solo habían sobrevivido once. Los isleños los socorrieron. Enviaron al islote comida y provisiones. Un sacerdote de origen alemán, que se comunicaba con el capitán en latín, los acompañó hasta la isla de Rost. Los pescadores los acogieron en sus casas, hasta que se recuperaron y pudieron regresar a su patria. Allí vieron cómo secaban bacalao (el merluzzo) y lo convertían en stoccafisso (stockfish). Permanecieron en aquellas lejanas y gélidas costas hasta la llegada de la primavera. Aquí Pietro Querini quedó fascinado por la forma en que esta población guardaba el bacalao y comprendió su potencial. De regreso a Italia, hizo de los vénetos grandes consumidores de este pescado. Después de pasar casi tres meses en las Lofoten, Querini y sus hombres arribaron aVenecia el 12 de octubre de 1432. Alguno se quedó y se casó en las islas árticas de la salvación.

La región del Nordland noruego y el Véneto rescataron el legado del patricio y mercader a través de una vía marítimo-terrestre, la Vía Querinissima, que desde 2017 aspira a unirse a los caminos del Itinerario Cultural Europeo del Consejo de Europa. Y en ese itinerario, la Querinissima comparte el pequeño tramo del Camino de Santiago que une Muros y Compostela, y que Querini recorrió a caballo en 1431.

CRONICA

Como capitán del barco, Querini debía presentar un informe ante el Dogo y el Senado explicando la tragedia en la que se habían perdido tantas vidas. El navegante aprovechó para realizar una crónica de aquel mundo fabuloso tan diferente a las costas adriáticas, como el primer veneciano que alcanzó el Ártico: «Cada año durante tres meses, de junio a septiembre, el sol no se pone, y para el resto del año es casi siempre de noche. Del 20 de noviembre al 20 de febrero la noche es continua, dura veintiuna horas, aunque la luna siempre sea visible; del 20 de mayo al 20 de agosto, por el contrario, el sol siempre es visible o al menos su brillo…». En las islas Lofoten, todo era distinto:

«Los hombres de estas islas son los individuos más perfectos que uno se pueda imaginar. Tienen apariencia hermosa y sus mujeres también son muy hermosas y confiadas, no se molestan en esconder nada…Lo supimos fácilmente, ya que compartimos habitación con el marido, la esposa y los hijos de cada hogar, y todos dormían desnudos…Son muy benevolentes y serviciales, con ganas de agradar solo por amor y sin esperar nada a cambio…Viven en una docena de casas redondas, con aberturas circulares en el tejado, que cubren con pieles de pescado». Vivían como en los tiempos de los temibles vikingos y eran vistos por un rico mercader veneciano acostumbrado a las sedas y lujos.

Los náufragos usaron los noventa bacalaos que les regalaron en Rost para pagar el viaje de vuelta, pero Querini guardó alguno como prueba de la aventura. Vio las cualidades de un producto que conservaba tanto tiempo sus cualidades, y que las mejoraba al ser transformado. «Su único recurso es el pescado que venden en Bergen…pescan cada año innumerables pescados, una enorme cantidad del que llaman stockfish. Los stockfish se secan al sol y al viento sin sal, y como no son grasos se vuelven duros como la madera. Cuando quieren comerlos, los mazan con la parte trasera de un cuchillo hasta que se vuelven delgados como nervios, y luego los sazonan con mantequilla y especias para hacerlos más sabrosos. Es un bien grande e inestimable del mar de Alemania».

Querini insistió en su patria durante un año en las virtudes del pescado noruego y la necesidad de incluirlo en la dieta en los barcos, mientras se preparaba para volver al Norte, por negocio y curiosidad. El capitán abrió la ruta noruega a los comerciantes de Venecia cuando era el mayor puerto europeo y sus galeras, cocas y carracas frecuentaban las rías gallegas en su demanda de Flandes e Inglaterra.

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